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Retroceder nunca, rendirse jamás

Retroceder nunca, rendirse jamás


Antes de decir cualquier otra cosa, debo hacer una confesión: nunca he visto esa película. Recordé el título porque me pareció perfecto para la publicación, y me metí a Wikipedia para descubrir que es protagonizada por Van Damme y es de karate. Yo pensaba que era de gente con pistolas… ahora hasta me dan ganas de verla.

Ese no es el tipo de cine que más me gusta (evidentemente. Si no ya la hubiera visto)… pero eso es completamente irrelevante para lo que quiero decir. El título vino a mi cabeza porque he tenido ganas de escribir sobre la idea de retroceder y rendirse… y fue inevitable pensar en esa película. Me pasa todo el tiempo: pienso en una frase que resulta que está en una canción, se me queda sonando la canción todo el día en la cabeza. Pienso en escribir sobre retroceder y rendirse, me dan ganas de ver una película de karate.

Yendo al grano: todo esto empezó hace un par de semanas cuando participé en “Lo doy porque quiero”, un evento del que soy muy fan, y que consiste en compartir conocimiento, de manera altruista y por fuera del ámbito académico. Me gusta tanto que he participado cuatro veces (de hecho hay una publicación de este blog que salió de una de mis sesiones que se llamó “conexiones aparentemente aleatorias entre cosas aparentemente insignificantes”), y volvería a participar otras 400 más.

En fin. Hace un par de semanas estuve ahí de nuevo, con una charla que se llamó “La vida sostenible es para los valientes”. Al final me hicieron varias preguntas, todas muy interesantes… pero hubo una en particular que me llamó la atención; aparentaba ser muy sencilla, pero realmente era una de esas preguntas que siento que hay que responder por partes;  y me he quedado dándole vueltas desde ese día. La pregunta fue algo así como esto: “en el proceso de buscar tener una vida sostenible, ¿cuál ha sido el cambio más difícil, el que te ha hecho sentir la necesidad de retroceder?”

Me quedé fría. No porque no supiera qué responder, sino porque sentía que dar una respuesta digna iba a requerir otra charla completa. Mi respuesta adaptada para el momento fue algo así como “lo que me ha hecho sentir la necesidad de retroceder, aunque no siento que haya sido retroceder, ha estado casi siempre relacionado con la reducción de la basura. Lo más difícil creo que ha sido lidiar con la agresividad gratuita que a veces recibo por el hecho de ser vegana”.

Digamos que es una respuesta que siento que cumple; es más o menos adaptada a lo que realmente pienso, pero se queda cortísima en abordar el asunto de la dificultad y la necesidad de retroceder. Al menos si quiero considerar lo complejos que son los dos conceptos, y el montón de aristas y matices que tiene cada uno.

Hoy quiero tratar de darle una respuesta más completa a esa pregunta.

*     *     *

He pensado muchas veces en qué es lo más difícil, porque es un punto clave a partir del cual me gusta crear contenido para el blog, y porque —creo— es la pregunta que me hacen con más frecuencia. “Qué es lo más difícil de ser vegano”, “qué es lo más difícil de tratar de vivir sin generar residuos”, “qué es lo más difícil de tener un blog”, “qué es lo más difícil de buscar vivir de manera sostenible”… parece que tenemos una fijación con lo “difícil”, y yo pienso que está relacionada con dos cosas: 1) con las ganas de saber en qué nos estamos metiendo, y cuáles son las dificultades más fuertes que vamos a enfrentar y 2) con la necesidad de confirmar el hecho de que las otras personas también se enfrentan a dificultades, y que por lo tanto no estamos solos en ese camino.

Obviamente lo estoy híper-simplificando. Puede haber otro montón de razones por las cuales nos interesa saber “qué es lo más difícil”, pero —a partir de las preguntas que suelo recibir de las personas que leen este blog— siento que esas dos son las más frecuentes, al menos en este contexto.

… las preguntas, el potencial rechazo, el malestar, la incomodidad, la falta de transparencia y de comprensión… las reacciones de otras personas a eso que yo estoy haciendo, o tratando de hacer

En todo caso, la respuesta más directa (y la que suelo dar a la gente que me pregunta sobre lo más difícil) es: la gente. La gente siempre es lo más difícil, al menos para mí. Con respecto a vivir de manera más sostenible, por ejemplo: a mí no me parece difícil planear, llevar una botella o una taza para evitar usar desechables, preparar cosas en casa para depender menos de las cosas que venden en los supermercados… eso es fácil, es rico, me hace sentir muy bien. Lo que me parece difícil es lidiar con las preguntas, el potencial rechazo, el malestar, la incomodidad, la falta de transparencia y de comprensión… las reacciones de otras personas a eso que yo estoy haciendo, o tratando de hacer. El mesero que se confunde (o se enoja) porque pregunto si se puede adaptar el plato para que sea vegano, el tendero que insiste en meter las cosas que compro en una bolsa plástica para que sea más “cómodo”, la azafata que no reacciona muy bien porque le pido que sirva el café en mi taza reutilizable, las personas que hacen chistes crueles sobre comer animales o que directamente atacan mis decisiones alimenticias porque están a la defensiva, porque sienten que los voy a empezar a cuestionar aunque yo no haya dicho ni una palabra. Sí, esas cosas me parecen difíciles.

Sin embargo, para ser justa, lo difícil en esos casos no es la gente. Esas personas no están tratando de ser difíciles (bueno, alguna que otra seguro que sí… pero no la mayoría); la situación es difícil porque hay un punto en particular en el que no nos entendemos, y lo que me parece realmente difícil es encontrar ese punto y manejarlo, dándole su justa proporción. Dicho de otra manera: lo difícil está en mi cabeza, en ninguna otra parte. No son ellos; soy yo y la manera en la que estoy decidiendo enfrentar esas reacciones en particular.

Así que, ajustando la respuesta: lo más difícil, para mí, ha sido aprender a entender mis reacciones a lo que hacen otras personas, y a “administrarlas” de manera que se conviertan en parte del aprendizaje, y no en un dolor de cabeza que no necesito tener. Estoy en ese proceso.

*     *     *

Y aquí lo conecto con la parte sobre retroceder. Retroceder es volver hacia atrás. Muy simple… pero no. Si voy caminando y doy tres pasos, y —sea por lo que sea— decido dar dos pasos hacia atrás, estoy retrocediendo en el sentido más claro y directo. Sin embargo, cuando estamos hablando de cosas más abstractas, como los cambios, los ciclos de la vida, los aprendizajes, yo creo que “retroceder” no existe, o por lo menos no de la misma manera.

Por ejemplo: cada cosa que he hecho en el proceso de aprender a vivir de manera sostenible ha traído algún aprendizaje. Algunas cosas han sido más fáciles que otras, algunas han requerido muchas horas de consulta y experimentación, otras han requerido años de transición, otras han sido cambios que se han dado, literalmente, de la noche a la mañana. En algunos casos (¿en la mayoría?) he tenido que revisar el proceso, hacer cambios, ajustarlo a lo que siento que soy capaz de hacer… y eso a veces ha significado que tengo que replantear lo que estoy haciendo; dar pasos atrás para poder seguir adelante.

¿Eso significa que he retrocedido? Yo creo que no. Estoy segura de que habrá personas que quieren verlo así, pero a mí no me parece lógico. Aprendí, ajusté, seguí avanzando, aunque eso a veces haya significado reducir el nivel de complejidad de algo que estaba haciendo. Si no lo hubiera hecho, hubiera tenido que parar del todo. Eso no es retroceder. Es aprender.

Volviendo a la definición básica de retroceder: si voy caminando y me encuentro con un obstáculo que todavía no estoy preparada para abordar, pues debo dar un par de pasos atrás para encontrar otro camino que me siga llevando a donde quería ir. Si ajusto el camino no retrocedí, simplemente seguí avanzando por otro lado. Pero si me quedo sentada frente al obstáculo paralizada por el miedo a dar un paso atrás, pues puede que no esté retrocediendo, pero definitivamente tampoco estaría avanzando. Y si ante el primer obstáculo me doy media vuelta y me devuelvo, pues no tiene sentido que haya salido a caminar en primer lugar.

*     *     *

¿Qué es lo que me parece más difícil, y lo que me ha hecho sentir que necesito retroceder? Lo más difícil está en mi cabeza, definitivamente. Afuera hay obstáculos —obvio— pero la verdadera dificultad viene de la manera en la que YO decido enfrentarme a esos obstáculos. Y, hasta ahora, siento que no he retrocedido ni un solo paso. He tenido que ajustar el camino, pero siempre para seguir avanzando, nunca para devolverme al punto cero.

Esta es la respuesta que hubiera querido dar ese día. Pero bueno, a veces es necesario dejar pasar los días para que las ideas se acomoden en su lugar, y para ser capaces de respondernos a nosotros mismos.

Así veo yo el proceso de aprender a vivir de manera sostenible: ¿Difícil? A veces. ¿Retroceder? No aplica. ¿Rendirse? JAMÁS. (Mucho menos pegajoso que el nombre original de la película que no he visto, pero más ajustado a la realidad).

Y ahora te pregunto a ti: ¿Qué es lo que te ha parecido más difícil, en la búsqueda de una vida sostenible? ¿Qué es lo que te ha hecho sentir la necesidad de replantear el camino? ¡Cuéntamelo en los comentarios!

Pd. Si quieres ver la publicación de la que hablo más arriba (la que salió de mi otra participación en Lo doy porque quiero), la puedes encontrar aquí. A mí me gusta mucho, y creo que también te puede gustar. 

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