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Chile se convierte en uno de los referentes mundiales en tecnología antisísmica

A las 3:34 horas de 27 de febrero de 2010, Chile experimentó el segundo terremoto más fuerte desde que se iniciara su registro, tras el de Valdivia ocurrido en 1960. Minutos después, un tsunami arrasó las costas chilenas. El sismo de 8,8 en la escala Richter y el posterior maremoto dejaron 524 muertos y 31 desaparecidos y ocasionó daños en más 2.000 puntos de infraestructura pública, afectando severamente o destruyendo en su totalidad 220.000 viviendas. En total, según fuentes oficiales, 12,8 millones de habitantes fueron damnificados, lo que supone el 75% de la población.



Diez años después, Chile es hoy una referencia a nivel mundial en tecnologías antisísmicas, y tiene normas de construcción de las más estrictas del mundo. Prueba de ello es que, a pesar de ser uno de los países con más movimientos sísmicos (7.733 registrados en 2019), el país cuenta con el edificio más alto de Latinoamérica: el Costanera Center. La estructura de 300 metros de altura y 62 pisos desafía los movimientos de la tierra.

Un equipo de ingenieros de la Pontificia Universidad Católica de Chile, liderados por Juan Carlos de la Llera, ha creado tecnologías de aislamiento y disipación sísmica que ayudan a reducir el movimiento en edificios. Actualmente, existen 140 estructuras con este tipo de innovaciones (oficinas, residencias, hospitales, edificios patrimoniales, etc.) en todo el país. Las técnicas son conocidas desde hace décadas, pero la parte de innovación que les aplica Chile afecta a la geométrica de los dispositivos y los materiales usados, aumentando la seguridad, y lo que sitúa a la investigación chilena entre las más punteras y avanzadas del mundo.

El objetivo es seguir aumentando el número de edificios con esta técnica, por ejemplo, en la construcción de hospitales ya es obligatoria. “En Chile hemos desarrollado dispositivos de muy bajo costo para poder incorporarlos también en vivienda social. Incluso ahora ya tenemos muchas viviendas sociales que tienen un nivel de seguridad 10 veces mayor que una estructura convencional”, explica Juan Carlos de la Llera. “El Gobierno busca formas de abaratar para conseguir extender al máximo la construcción para mejorar la cobertura de todas las viviendas, incluyendo incluso aislamiento sísmico”.

La otra técnica, la disipación de la energía, es una especie de “embrague” para los edificios. Estos dispositivos se colocan en el interior de los edificios en puntos concretos, y absorben la energía que trasmite el suelo a la estructura. “Tenemos unos dispositivos que se llaman viscosos, que son básicamente pistones, con un fluido viscoso, igual que el amortiguador de un coche, solo que con un tamaño muy superior para fuerzas de hasta 200 toneladas”, continúa De la Llera. Estos dispositivos se pueden cambiar y reemplazar después del terremoto. Es más, explica, algunos de estos dispositivos se pueden controlar automáticamente durante el terremoto cambiando la viscosidad de un fluido para controlar más el posible movimiento. “Hay una gama muy grande de soluciones que hemos ido desarrollando y patentando y que vamos usando en las distintas estructuras”.

Estos métodos de construcción y esta tecnología han sido exportados con gran éxito a otros países sísmicos del planeta como el vecino Perú, Colombia, Guatemala e incluso Nueva Zelanda.
 
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