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A Dios pongo por testigo, que algún día llegaré a Bodouakro

Vivo en la desmemoria.

Desde que, hace ya 7 años, se me virara la vida con un embarazo y naciera Miguel, lo mío es un formateado de disco duro interno y una feliz amnesia en la que me agarro a cuatro cuestiones logísticas básicas para que el niño no se me quede abandonado en la calle, coma, salga vestido y limpio de casa y duerma. Lo demás ha pasado a ser secundario. Partes enteras de mi vida anterior se han hundido en una especie de mar de arena mental y supongo que, si hay suerte y llego a centenaria, empezarán a salir a flote en mi vejez y recuperaré esos recuerdos. Exactamente como he visto que sucede en los documentales de National Geographic con los fósiles de dientes de sable conservados en alquitrán en algún punto de Estados Unidos. O eso espero.

Todo esto para decir que estoy instalada en una especie de limbo mental y que no recuerdo exactamente cómo llegué a Cristina Saavedra, que es -bien sûr- la razón por la que me enganché a Bodouakro.

En la nebulosa que es mi pasado, me queda claro que nos conocimos personalmente en la Universidad Complutense, en Madrid, en un acto sobre cómo informar mejor sobre el continente africano donde estaban invitados periodistas y comunicadores españoles y africanos. Hablamos sobre Costa de Marfil, nos indignamos juntas a remolque de la última guerra y acabé expresándole mi deseo de amadrinar a un niño que, ironía entre ironías, acabó apellidándose Ouattara. Sé que, indudablemente, la invitamos a ese acto -que organizábamos en Casa África, donde trabajo- porque conocíamos su pasión por África. Cómo me enteré de que estaba conectada a Costa de Marfil es, a estas alturas de la película, para mí un misterio. Confío en su memoria intacta para aclarar ese punto de inflexión de nuestras vidas. Si su cabeza también sufrió un pro-ceso de formateo entre tongas de proyectos y facturas, es una información perdida ya para siempre hasta, quizás, nuestras respectivas vejeces. Quizás, repito.

Lo cierto es que llegué a Bodouakro gracias a Cristina y llegué a Cristina gracias a Costa de Marfil. Y que todo empezó, en realidad, el día que conocí al padre de Miguel, Marc, negro como el chocolate amargo y bété de Gagnoa. Un casi primo lejano de Didier Drogba, para entendernos. Eso sucedió en una reunión de voluntarios y asocia-ciones que trabajan con migraciones en Tenerife. Costa de Marfil y Abiyán eran entonces nombres que había aprendido en clase de geografía pero que no me sonaban a otra cosa que exotismo y misterio. No podía localizarlos, en aquel momento, en un mapa. Mantuve a Marc a raya cuanto pude, porque habíamos bailado juntos y sabía que el suelo se movía bajo mis pies cuando él me miraba. Pero una noche de diciembre de 2006 que no se me ha borrado de la memoria bajé la guardia, él me robó un besó y voilà, se abrieron las puertas a mi personal ivoirité y a Miguel.

Llegué a Bodouakro por culpa de este culebrón con sabor a cacao y café. Hice apadri-nar a mis padres. Comí con Aidén en un VIPS más tarde. Me salté la mayoría de los turnos de correspondencia en alas de esa amnesia que me pone siempre al borde del sobresalto, dejando a mi pobre Ouattara sin noticias la mayoría de las veces que el cartero llega a Bodouakro. Lo mismo le pasó a N’dri, el chiquillo al que apoyan mis padres y que también es mi responsabilidad a la hora de la correspondencia. Sin reproches, Aidén me pasa puntualmente sus cartas, sus notas, sus fotos. Los veo crecer a los dos. Mi Ouattara tiene unos ojos con la profundidad de la Laguna Ebrié y una cara seria en las fotos. También tiene una letra clara y disciplina académica. Va bien en el colegio. Con frecuencia miro su foto en el salón, leo sus cartas y me gusta imaginarlo trabajando en su pupitre, corriendo por una calle polvorienta, jugando con los amigos, comiendo atieké a la sombra de un mango.

Desde que me convertí en madrina, he viajado seis veces ya a ese país lejano, que veía tan exótico y misterioso hace unos diez años y que ahora considero mi hogar. Costa de Marfil es hoy el sitio donde considero que soy feliz, donde quiero vivir con Miguel un día. Si hay suerte y los astros se alinean a nuestro favor.

De momento, no he podido llegar hasta Boduakro. Pero soy periodista, maquino repor-tajes, molesto a Aidén calculando distancias y enlaces. También soy madrina, maquino encuentros: desearía que mi Ouattara y mi Miguel se dieran la mano, que visitemos la escuela juntos, que Miguel pueda revolcarse en la tierra de Bodouakro jugando.

Me gustaría que lo hiciéramos este verano. Sacarle a mi padre su primer pasaporte, vacunarle de fiebre amarilla, hacer acopio de agua embotellada y almax para el pican-te. Irnos a dar tumbos por carreteras recónditas en la selva y las plantaciones y al final de una de ellas, encontrarnos a Ouattara y N’Dri.

Una de mis coletillas favoritas en Twitter, que a veces comparto con Aidén y que me sirve para desfogarme cuando me pueden las cosas, es Señor, si existes. Estos días me repito dentro de esa cabeza vacía mía, donde las cosas no se quedan a menos que tengan relación directa con Miguel por más que me desespere en retenerlas, una frase que me viene rondando desde hace meses: Señor, si existes, dame los medios para llegar a poner el pie en Bodouakro.

La esperanza es lo último que se pierde. Mucho después que la memoria, seguro.
Ángeles Jurado.

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