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Yo también

#YoTambién


Cuando tenía como 8 años contesté el teléfono de mi casa. Era un tipo, la voz se me hacía familiar, pero no estaba segura. Me empezó a preguntar si estaba sola, qué estaba haciendo, qué tenía puesto. Yo colgué. No estaba sola, y tampoco quería tener esa conversación, aunque no entendiera qué era lo que estaba pasando.

Cuando estaba en el colegio, a los 14 años, me quedé a dormir en la casa de una amiga. Tenía un patio enorme y queríamos hacer camping en el patio. Esa misma noche llegó mucha gente y terminó todo siendo una fiesta; yo me cansé y me fui a dormir a la carpa, donde ya estaba otra amiga que también se iba a quedar con nosotras… y un tipo de mi colegio que estaba un año más adelante se metió a la carpa y trató de tocarme. Yo no sabía bien qué hacer, y sólo me hice la dormida y lo empujé. Él insistió, pero yo seguí ignorándolo/empujándolo hasta que se aburrió y se salió de la carpa.

A la semana siguiente, la gente en el colegio me preguntaba por mi relación con ese sujeto, porque él no perdió ni un minuto para inventarse el chisme de que me había “comido” mientras yo estaba borracha (lo más absurdo es pensar que para él eso era motivo de orgullo: aprovecharse de una niña que supuestamente estaba inconsciente). Pero yo no estaba borracha —él asumió que estaba borracha porque no respondí a su insistencia más que empujándolo tímidamente—, y yo sabía perfectamente que no había pasado nada.

En algún momento del día él se me acercó a preguntarme que qué iba a pasar con nosotros, después de lo del fin de semana, y yo le dije algo como “¿después de qué? Yo no estaba borracha, yo estaba dormida, y lo único que hice fue empujarlo para que se fuera. No invente güevonadas”. Él no supo qué decir, no sabía que su víctima realmente había estado consciente y despierta, y por lo tanto su historia ridícula (y vergonzosa para él, aunque él no pudiera verlo) no tenía por dónde mantenerse en pie.

No pasó nada más. Él, a estas alturas, seguramente ni se ha dado cuenta de lo horrible que es que él haya querido sentirse orgulloso por haberse “comido” a una niña borracha, tanto para ir contándolo como si fuera el gran logro del fin de semana. A mí afortunadamente no me pasó nada, pero si realmente hubiera estado borracha la historia podría haber sido muy diferente.

La gente le creyó la historia a él. Me dijeron “puta” en el colegio. Yo no pude hacer nada. Tampoco creía que pudiera o debiera hacer algo.

*     *     *

También en el colegio, tuve un profesor que me dijo que deberíamos salir él, su hijo, mi mejor amiga y yo. Yo me reí incómoda porque no supe qué más hacer. No creía que pudiera o debiera hacer algo más.

Cuando estaba en la universidad, un profesor que era muy simpático conmigo me dijo que por favor le dejara tomarme unas fotos para un ejercicio de fotografía. Era ahí mismo en la universidad y no le vi nada de malo. Me tomó las fotos, y un tiempo después me dijo que me quería tomar otras fotos, pero en su casa y en ropa interior. Yo no quería y no supe qué decir, así que lo que hice fue ignorar el asunto y no responder nunca. No hice nada, porque no creía que pudiera o debiera hacer algo.

En todos estos años me han pasado otro montón de cosas. Cuando trabajé como mesera en un bar, un tipo trató de meterme a la fuerza a un baño, pero un compañero de trabajo estaba atento a lo que estaba pasando y me “salvó”. No hice nada más, porque no creía que pudiera o debiera hacer algo más.

Tuve un “admirador” que me llamaba con frecuencia y sabía cada cosa que yo había hecho y dejado de hacer (claramente me perseguía, a mí y al que en ese entonces era mi novio, porque también se sabía todos sus movimientos). Me llamaba, me mandaba cosas, me tocaba el brazo cuando me lo cruzaba en la calle. Me demoré como 5 años en decirle que por favor no me llamara más, porque me sentía mal diciéndole que no me molestara… al fin de cuentas “no me estaba haciendo nada”, y pensaba que la gente me iba a decir que era una exagerada por tratar de quitármelo de encima. No hice nada, porque no creía que pudiera o debiera hacer algo.

Tuve un jefe que acosaba sexualmente a todos sus trabajadores. A mí me preguntó si me gusta tragar semen, y justo en ese momento decidí que no podía seguir trabajando en ese lugar. Tuve otro jefe que pensaba que estaba bien hablar de las tetas de mis (y sus) estudiantes conmigo. No hice nada, porque no creía que pudiera o debiera hacer algo.

El instructor de un gimnasio al que fui hace mil años quiso hacerme masajes mientras estábamos solos en el baño turco. Yo lo único que atiné a hacer fue salir de ahí. No hice nada, porque no creía que pudiera o debiera hacer algo.

He estado en fiestas bailando feliz, y de la nada se me han acercado tipos que apenas conozco a decirme qué me quieren hacer y a invitarme a tríos con X amiga que tienen al lado. He estado en buses en los que se me sientan tipos al lado, a frotarme con la rodilla o con el codo, y a acorralarme (por eso procuro sentarme en la silla que da al pasillo, siempre tengo miedo). He estado en salas de espera en las que de la nada cualquier tipo decide que quiere conversar conmigo y decirme lo linda que estoy, lo alta que soy, lo “atlética”, lo flaca, lo que sea.

He estado caminando en la calle y me han gritado cosas, me han tratado de dar besos. Hace unos meses, caminando cerca de mi casa, un tipo en una bicicleta me dijo que me quería “chupar la vagina”. Me hizo acordar de otro momento en el que un tipo me dijo al oído que me quería “meter un dedo”, mientras yo caminaba con el que en ese entonces era mi novio. Yo me puse muy mal, y ese otro tipo —el que tenía al lado caminando y era mi novio— se rió de mí y me dijo que era una exagerada. Yo creo que le creí, creí que era una exagerada, y me tragué el dolor y la rabia.

Estas son apenas unas historias seleccionadas, de cientos de historias que podría contar. Estoy contando todo esto para que quede claro que yo también he sido víctima del acoso y la violencia sexual. Ninguna mujer se salva, y mantener estas cosas en secreto no nos está haciendo ningún favor.

Nunca me han violado, y “sólo” un par de veces me han tocado sin mi consentimiento, pero la violencia sexual y la opresión se esconden en todas partes. En las conversaciones con los amigos. En las interacciones laborales. En los comentarios de los (ex)novios que piensan que el acoso callejero es un chiste.

Y “no todos los hombres son así”, pero ya va siendo hora de que los que “no son así” hagan el favor de prestar atención cuando hablamos de estas cosas, en lugar de saltar a decirnos “feminazis”.

*     *     *

Hace unas semanas fui a una discoteca con mi novio y con dos parejas de amigos, y detrás de nosotros había un grupo como de 12 tipos “rudos” que se creían encantadores, y tuvieron una actitud súper depredadora toda la noche. Nos perseguían al baño cuando íbamos solas, nos agarraban para bailar aunque les habíamos dicho cien veces que no.

Creo que es la primera vez en mi vida en la que sentí que estaba siendo consciente de lo que estaba pasando, y que tenía algo de control en la situación. A uno de ellos lo paré y lo señalé, y le grité que nos dejara tranquilas. Le dije que ya le habíamos dicho que no, que nos dejara en paz. Le dije a los de seguridad y al dueño de la discoteca, y mostraron (¿fingieron?) preocupación. Finalmente no hicieron nada… los tipos nos molestaron toda la noche.

Los hombres con los que estábamos no hicieron nada porque en Medellín hay una historia de violencia muy fuerte, y nunca sabes “con quién te estás metiendo” y puede ser realmente peligroso. Yo traté de hacer algo pero lo que dije no importó, porque soy mujer, y seguramente pensaron que estaba exagerando. No logré nada, ni siquiera cuando fui consciente de que podía —y debía— hacer algo, porque esta violencia está tan normalizada, tan metida en el tejido de la sociedad, que parece que es inevitable, que es imposible de desmantelar.

*     *     *

Yo me siento afortunada, porque sé que a muchas mujeres les ha ido muchísimo peor que a mí. Me parece tristísima una realidad en la que “sólo” haber sido víctima de acoso es una fortuna, frente a las atrocidades que pasan tantas otras mujeres.

Estoy contando esto aquí, en este blog, porque esto también tiene que ver con la sostenibilidad y con la construcción de un mundo más justo, y porque esta es una plataforma que tengo para hablar de las cosas que me parecen importantes. Y esta me parece esencial.

Muchas mujeres están compartiendo sus historias de acoso y violencia sexual usando #YoTambién #MeToo #MoiAussi. Yo me uno, porque los problemas más peligrosos son los que no se ven, y mientras nos sigamos guardando estas historias solo para nosotras, el resto del mundo seguirá creyendo que la culpa es nuestra por ponernos la ropa que nos ponemos, que somos unas exageradas, que no es para tanto.

No, señoras y señores (incluyo a las señoras, porque conozco a más de una mujer que cree que el feminismo es una idiotez, y no se da cuenta de que al feminismo le debe el hecho de poder compartir su opinión en voz alta). No somos unas exageradas. No nos lo buscamos. Y sí es para tanto… es para mucho más.

#YoTambién he sido víctima de acoso sexual. Y #YoTambién creo que un mundo más justo y más sostenible sólo será posible cuando las mujeres podamos vivir sin miedo. Que la culpa y la vergüenza no sean nuestras, sino de quienes nos acosan.

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